por Aitana Areste
Apreciadas lectoras y lectores de nuestro blog:
Soy Aitana y este artículo arranca con una reflexión en torno al Día Internacional de la Mujer. En esta fecha vuelven a aparecer palabras como «igualdad», «derechos» y «participación». Pero mientras escucho esos mensajes, siempre me surge la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando esa igualdad se mira desde la realidad de las mujeres con parálisis cerebral? Porque la igualdad no se limita a un reconocimiento simbólico, sino a tener oportunidades reales.
Esa implicación puede observarse desde múltiples ámbitos: laboral, educativo, o, por qué no, el voluntariado. Y es aquí donde se convierte en algo más que una actividad solidaria: no hablamos solo de “estar”, sino de participar en condiciones reales, con capacidad de decisión y presencia en el funcionamiento de las entidades sociales.
Por todo ello, este Día Internacional de la Mujer de 2026, declarado además Año Internacional de las Personas Voluntarias, nos recuerda que las mujeres con parálisis cerebral siguen pasando desapercibidas en este ámbito. No por falta de voluntad, sino por barreras que las sitúan en los márgenes: se duda de que encajen como voluntarias, se cuestiona su autonomía y los entornos no siempre contemplan los apoyos como algo normalizado. Además, durante mucho tiempo, las mujeres con discapacidad se han ubicado en el papel de receptoras de apoyo dentro de las actividades, como si su relación con el voluntariado estuviera ligada únicamente a recibir cuidados. Esta mirada limita sus posibilidades y refuerza una imagen incompleta de ellas. Cuando, como mujeres, pasamos de ser consideradas usuarias a ejercer como voluntarias, el cambio es grande. No desaparecen los apoyos, pero cambia el significado de esos apoyos. Pueden ser apoyos físicos para la movilidad, apoyos en la comunicación, apoyos cognitivos para comprender información, recursos técnicos adaptados o incluso asistencia personal continuada en el caso de mujeres con grandes necesidades de apoyo. Y junto a esos apoyos, también cambian otras cosas: cambian las expectativas del entorno, cambian los roles que se asumen y cambian, sobre todo, la forma en que se interpreta su presencia. Ya no se trata de “estar acompañadas”, sino de estar implicadas. Se las reconoce como parte activa del equipo, con capacidad de propuesta y de contribución real. Así, demuestran que nada de eso invalida la capacidad de decidir, proponer o coordinar.
Este cambio adquiere todavía más relevancia cuando incorporamos la perspectiva de género. Las mujeres con parálisis cerebral suelen enfrentarse a un mayor control familiar y social sobre sus decisiones. Muchas veces, desde la protección, se reducen oportunidades de implicación por miedo a la exposición o al riesgo. Es habitual que la familia o red de apoyo intente cuidarnos y termine decidiendo por nosotras qué es “conveniente”, qué espacios “no son para nosotras” o qué actividades “son demasiado”. Y así, sin intención explícita de limitar, se recortan experiencias esenciales para construir independencia, relaciones y presencia social.
Además, nuestra capacidad para liderar o representar se cuestiona con más frecuencia por la infantilización, por esa tendencia a tratarnos como si fuéramos “niñas eternas” y no pudiéramos asumir responsabilidades o como si siempre necesitáramos que alguien validase nuestra palabra. A esto se suma que, como a muchas mujeres, se nos exige demostrar competencia de forma constante, como si no bastara con participar, sino que tuviéramos que justificar una y otra vez por qué estamos ahí.
No obstante, como mujeres sin discapacidad también os sentiréis interpeladas, porque muchas reconocéis esa presión por demostrar, ese cuestionamiento del liderazgo, esa vigilancia social sobre lo que hacemos o decidimos. Ahí hay un punto de unión importante: entender que la desigualdad adopta formas distintas, pero comparte raíces.
Por eso, un voluntariado con perspectiva de género no puede limitarse a aceptar nuestra presencia, sino que debe promover activamente que nos sumemos. Esto implica incluirnos en la toma de decisiones, ofrecer formación accesible, generar espacios seguros entre mujeres, y, sobre todo, fomentar participación real, incluidas aquellas que requieren apoyos intensos. Solo así el voluntariado dejará de reproducir esquemas tradicionales y se convertirá en un verdadero espacio de igualdad.
Desde ASPACE Madrid animamos, como hacemos a través de nuestras redes de voluntariado, a abrir espacios, revisar prácticas y sostener una participación real y diversa. Ahí, en lo cotidiano, es donde la igualdad se convierte en algo tangible.
Me despido, no sin antes proclamar que ¡Nada sobre nosotras sin nosotras!
