por Kenjy Alcas
Hoy quiero hablarles de María Ibáñez, una joven que, a pesar de su corta edad, lleva muchos años dedicando su tiempo al voluntariado con personas con discapacidad. Su entrega, empatía y constancia la convierten en un verdadero ejemplo para la juventud de hoy.
Este verano, María decidió dar un paso más y viajar hasta Guinea donde trabajó con niños con discapacidad. Allí descubrió una realidad dura, pero también llena de amor, fe y resiliencia. A través de su testimonio, queremos escuchar y reflexionar sobre cómo viven las personas con discapacidad en otros países, como Guinea o Colombia, donde salir adelante no siempre es fácil.
“Siempre he sentido una especial simpatía hacia las personas con discapacidad”, comienza contando María. “Desde pequeña he hecho muchos voluntariados con este colectivo, pero cuando llegué a Guinea no tenía ni idea de la realidad que me iba a encontrar».
Al llegar al orfanato conoció a Eva, una bebé de tres años con parálisis cerebral. “Me enamoré de ella”, confiesa emocionada. Durante tres meses realizó con ella terapias intensivas y vivió algo que todavía la conmueve: “No solo empezó a sostener el tronco y el cuello, ¡también dio sus primeros pasos! Fue un verdadero milagro.” Desde entonces, María no pasa un día sin pensar en Eva.
Su llegada al orfanato fue toda una fiesta: cantos, bailes, abrazos y una calurosa bienvenida. “Me sentí en casa desde el primer momento”, recuerda. Pero no todo era alegría. En medio de historias de abandono, trauma y dolor, María encontró también pequeños oasis de paz y amor. “Aprendí lo que es la resiliencia, el amor desinteresado y, con Eva, entendí lo que debe ser el amor materno”, dice.
Aprendió también que la vida no siempre es justa, pero que la fe y la entrega pueden convertir el dolor en algo hermoso. “Dejé que Dios hiciera de mí un instrumento en ese pequeño hogar de 160 niños”, cuenta con humildad.
«En Guinea, las personas con discapacidad siguen siendo estigmatizadas al menudo son escondidas, abandonadas, porque se cree que están embrujadas», explica María.
Sin embargo, también ve señales de esperanza: empiezan a abrirse colegios de educación especial y centros donde estas personas tienen un lugar. Es un pequeño paso hacia un futuro más justo e inclusivo.
María estudia Psicología, y esta experiencia ha transformado su manera de ver el acompañamiento humano. “Aprendí que ayudar no es solo aplicar técnicas, sino entregarte como persona. Crear un vínculo real, que la otra persona se sienta querida y acompañada de verdad.”
Entre tantos recuerdos, hay uno que brilla especialmente: las noches. Antes de dormir, iba cama por cama, dando un beso de buenas noches a los más de 160 niños. Era mi forma de dedicarles un momento a cada uno. Se convirtió en el momento más especial del día, también recuerda con ternura sus mañanas con Eva: Veíamos dibujos, leía cuentos, le daba chocolate cualquier excusa era buena para estar juntas.
Un mensaje para los jóvenes
Antes de terminar, María deja un mensaje claro para quienes aún no se han animado a hacer voluntariado con personas con discapacidad: «Que no tengan miedo. Muchas veces no nos acercamos porque no sabemos cómo hacerlo, pero la clave está en ver a la persona antes que la discapacidad. Acércate con naturalidad y descubrirás un mundo maravilloso».
Este testimonio de María Ibáñez nos recuerda que el voluntariado no solo transforma vidas, sino también corazones y que cuando se unen la empatía y la acción, el cambio es posible incluso al otro lado del mundo.
