por Aitana Areste
Estamos en septiembre, lectores de nuestro querido blog, un mes de comienzos después de un verano combustible, en el que espero que hayáis disfrutado y pasado tiempo con vuestros seres queridos. Soy Aitana, y en el artículo de hoy quiero compartir con vosotros una reflexión muy personal, que nace de mi experiencia como joven con parálisis cerebral que está a punto de finalizar sus estudios en Trabajo Social.
Comenzaré por reconocer que llegar hasta aquí ha supuesto una satisfacción enorme, aunque el camino no ha sido sencillo. Durante mis estudios me he encontrado con negativas por parte de algunos profesores, comentarios desalentadores de compañeros y, en general, con un sistema educativo que no siempre está preparado para las personas con discapacidad y grandes necesidades de apoyo. Muchas veces se nos quiere apartar porque implicamos un esfuerzo extra en adaptaciones, y resulta más sencillo atender a otros estudiantes que no requieren esos ajustes. Aún así, cada obstáculo lo he transformado en impulso para seguir adelante.
Ese esfuerzo también ha conllevado renunciar a parte de mi tiempo personal, posponer actividades que me gustaban y asumir que debía dar mucho más de lo que se esperaba de mí para demostrar mi compromiso. Sin embargo, esa exigencia también me ha permitido desarrollar competencias que hoy considero una fortaleza: sé trabajar en equipo, me adapto con facilidad a los cambios, tengo una gran empatía para comprender diferentes realidades y sé colaborar para buscar soluciones conjuntas. A esto se suma mi constancia, mi capacidad de organización y la resiliencia que me ha enseñado a no rendirme nunca.
Ahora bien, se está acercando el momento en el que debo optar por una opción que lleva intrínsecamente un cambio en esta trayectoria: máster, experiencia laboral, oposiciones… entre otras. Los cambios son, sin duda, una constante en la vida de cualquier persona, pero cuando se vive con una discapacidad adquieren un peso mayor, ya que la necesidad de anticiparse siempre está presente: prever accesos, comprobar que las adaptaciones estarán listas, planificar con antelación cada detalle. Muchas veces esto significa tener que llegar antes que los demás, preparar el terreno para que todo esté listo, porque casi nunca se piensa en nosotras o nosotros de entrada.
Esta anticipación tiene dos caras: por una parte, es reconfortante cuando las cosas se preparan correctamente, se pone en primer lugar a la persona y se le pregunta directamente para garantizar la accesibilidad universal en cualquier espacio. Por otra parte, genera una carga emocional añadida, al recordarnos constantemente que nuestra participación no siempre se contempla. En mi cabeza, se reflejan actualmente, ejemplos de accesibilidad física, aunque existen muchas otras, espero que os hagáis una idea. No son pocas las ocasiones en que he llegado a un espacio y nada estaba adaptado. Encontrarme con que no puedo meter la silla debajo de una mesa de trabajo, que un transporte accesible falla en el último momento o que en un lugar público directamente no se han previsto las necesidades más básicas, no es solo un inconveniente práctico: es un recordatorio de que, una y otra vez, tenemos que justificar nuestra presencia y exigir lo que debería estar garantizado.
Sí, todo esto, por ejemplo, lo extrapoláramos al mundo laboral, sé que puedo encontrarme con estas mismas barreras: falta de accesibilidad en los espacios, prejuicios sociales o incumplimiento de normativas como la reserva del 5 % de puestos de trabajo para personas con discapacidad.
Además, cuando se producen cambios, a menudo obligan a reorganizar los apoyos personales o técnicos de los que dependemos, lo cual no siempre es sencillo. Una modificación en los horarios, en la ubicación de una actividad o en las condiciones de un espacio puede implicar tener que reestructurar toda una red de asistencia que sostiene nuestra autonomía. Esto no solo requiere tiempo y esfuerzo, sino que también genera inseguridad, ya que cualquier fallo en esa cadena de apoyos repercute directamente en nuestra participación y bienestar.
Por todo ello, a quienes puedan estar leyendo estas palabras y también se enfrentan a momentos de incertidumbre, quiero transmitirles que no están solos. El camino puede ser exigente, pero también es una oportunidad para mostrar nuestras capacidades y para abrir espacios en los que la diversidad aporte valor. Porque, al fin y al cabo, vivir con discapacidad es aprender a convivir con los cambios, y hacer de ellos una oportunidad para crecer.
