por Aitana Areste
Hola de nuevo, lectores de “Contigo somos capaces”. Soy Aitana y hoy quiero compartir con vosotros una experiencia que, para mí, ha marcado un antes y un después: mi participación en el voluntariado, especialmente desde la perspectiva de una persona con parálisis cerebral. Creo que este tema es especialmente relevante y conecta profundamente con el espíritu de este blog, porque las personas con parálisis cerebral también tenemos mucho que aportar, tanto en lo personal como en lo profesional, y porque la inclusión no es solo un lema, sino una realidad que se construye día a día.
Desde hace tiempo sentía la inquietud de implicarme en el voluntariado. Como profesional del ámbito social, sabía que esta experiencia podía enriquecerme mucho, no solo por lo que pudiera aportar, sino también por lo que podía aprender, al ser el ámbito hacia donde me oriento profesionalmente. Hasta entonces, mi conocimiento sobre la parálisis cerebral estaba muy ligado a mi propia vivencia y a la de personas cercanas a mí, con historias parecidas. Sin embargo, el voluntariado con ASPACE Madrid, desde el pasado 2021, me ha abierto a la puerta a una realidad mucho más amplia y diversa. Participar en proyectos de voluntariado me permitió conocer otras formas de vivir y afrontar la parálisis cerebral, descubrir diferentes necesidades, estrategias y recursos, y, sobre todo, entender que cada persona es única, con sus propias capacidades y sueños.
Otra de las grandes motivaciones para lanzarme al voluntariado fue la oportunidad de aprender y desarrollar competencias que considero esenciales en el ámbito social o en el día a día: la empatía, la escucha activa, el trabajo en equipo, la resolución de conflictos, la creatividad para buscar soluciones y, por otra parte, la humildad para reconocer que siempre hay algo nuevo que aprender de los demás, porque los seres humanos, somos seres sociales que estamos en continua relación con los otros. El voluntariado no solo me ha dado herramientas prácticas, sino que también me ha ayudado a fortalecer mi confianza y mi capacidad de adaptación, porque me ha enfrentado a situaciones diversas y, muchas veces, inesperadas, que requieren respuestas rápidas y flexibles. Al interactuar con personas de diferentes contextos y realidades, he aprendido a adaptarme a nuevas formas de pensar y actuar, lo que ha fortalecido mi capacidad para gestionar el cambio y desenvolverme con seguridad en entornos dinámicos.
Esta experiencia me ha demostrado que la confianza y la adaptabilidad no solo se desarrollan en los momentos fáciles, sino, sobre todo, en los desafíos, donde es necesario salir de la zona de confort y buscar soluciones creativas junto a los demás. Por eso, el voluntariado no solo transforma a quienes reciben ayuda, sino también a quienes la brindan, convirtiéndose en una oportunidad invaluable de crecimiento personal y profesional.
A nivel emocional, el voluntariado me ha regalado momentos de auténtica satisfacción y alegría. Recuerdo, por ejemplo, una tarde en la que, durante un taller que impartí junto a la psicóloga de la entidad, realizamos una dinámica en la que compartimos experiencias personales como mujeres con parálisis cerebral. Aquella actividad generó un espacio seguro y de confianza, donde todas pudimos expresar nuestras vivencias, sentirnos escuchadas y apoyadas. Ver cómo cada una encontraba fuerza en la voz de las demás fue profundamente enriquecedor y me hizo valorar aún más la importancia de la empatía y el acompañamiento mutuo. Además, he descubierto que dar y recibir no son opuestos, sino dos caras de la misma moneda. Cada encuentro, cada conversación, cada pequeño logro compartido, me ha hecho crecer y me ha permitido conectar con otras personas desde la autenticidad y el respeto mutuo.
En mi día a día, esta experiencia ha transformado mi manera de ver el mundo. Ahora soy más consciente de las barreras, tanto visibles como invisibles, que existen, pero también de la fuerza que tiene la colaboración y el apoyo mutuo para superarlas. He aprendido que todos, independientemente de nuestras circunstancias, tenemos algo valioso que aportar a la comunidad. La inclusión no es solo cuestión de accesibilidad física, sino de actitud, de voluntad y de compromiso social.
Además, me parece importante destacar que el voluntariado no solo me ha cambiado a mí, sino que también ha derribado muchos estereotipos en la gente junto a la que participamos sin parálisis cerebral. Muchas personas llegan con una visión muy marcada por el asistencialismo o el infantilismo hacia las personas con discapacidad, creyendo que siempre necesitamos ayuda o que no somos capaces de tomar nuestras propias decisiones. Sin embargo, al convivir y colaborar de tú a tú, se dan cuenta de que todos tenemos mucho que aportar, que la discapacidad no nos define por completo y que la autonomía y la diversidad de capacidades son reales y visibles. Se rompen prejuicios y se aprende a mirar con otros ojos, desde el respeto y la igualdad, dejando atrás etiquetas y paternalismos.
En definitiva, si tuviera que dar un consejo a otras personas con discapacidad que estén pensando en hacer voluntariado, les diría que no lo duden. Adelante, porque el voluntariado es una oportunidad única para crecer, para conocer nuevas realidades y para demostrar que la inclusión es posible cuando hay voluntad y apoyo. No solo se trata de ayudar a los demás, sino de descubrir tus propias capacidades, de ganar experiencia profesional y de contribuir a cambiar la mirada social sobre la discapacidad.
