por Kenjy Alcas
Este verano viví una experiencia que jamás pensé que estaría en mi vida: hacer el Camino de Santiago sobre ruedas. Todo empezó gracias a mi amiga Teresa, que me puso en contacto con los coordinadores José y María del proyecto “Sobre Ruedas” de la Orden de Malta.
La Orden de Malta, fundada en Jerusalén en el siglo XI, tiene como lema la defensa de la fe y el servicio a los pobres. Hoy está presente en más de 150 países, con hospitales, comedores y programas de voluntariado. Desde 2016 llevan a cabo un proyecto muy especial: el “Camino sobre ruedas”, una peregrinación inclusiva del Camino de Santiago para personas con discapacidad.
En este proyecto usamos una silla muy particular: la Joëlette, un modelo de una sola rueda diseñado para superar caminos de tierra, cuestas y piedras. Cada silla requiere de cuatro voluntarios: uno que tira, otro que dirige y dos que estabilizan. Ellos no son solo acompañantes: son también nuestros brazos y piernas en el camino, y muchas veces actúan como asistentes personales, ayudándonos a comer, vestirnos y cubrir nuestras necesidades del día a día.
La aventura empezó en el pueblo de Villalcázar de Sirga, lleno de ilusión pero también de dudas: no conocía mi silla ni sabía cómo sería enfrentarme al camino. Sin embargo, pronto entendí que el secreto estaba en la unión del equipo y en la confianza mutua.
Recuerdo las subidas y bajadas, los momentos de esfuerzo y hasta cuando me resbalaba en la silla al bajar las cuestas. Tenía que hacer fuerza con mis pies para no caerme demasiado hacia adelante. Fue duro, pero nunca me faltó una mano amiga para estabilizarme, ni una sonrisa para recordarme que todo valía la pena.
El Camino de Santiago no es fácil, y nadie nos dijo que lo sería. Pero en cada etapa descubrí algo más profundo:
- Que las dificultades hacen más valiosa la llegada.
- Que compartir esfuerzo une más que cualquier palabra.
- Que la discapacidad no es un límite, sino un reto que se afronta con apoyo, ganas y corazón.
Además, no todo fue esfuerzo. También hubo momentos mágicos, como un mini concierto de los voluntarios que nos regaló música y energía en medio del cansancio. Pequeños detalles que hacen del Camino una experiencia única.
Un mensaje desde mi experiencia
A quienes piensan que no pueden hacer el Camino por estar en una silla de ruedas o tener una discapacidad, quiero decirles algo muy claro: sí se puede. No es sencillo, pero con el apoyo adecuado y un equipo comprometido, los sueños se hacen realidad.
El Camino de Santiago sobre ruedas me enseñó que la vida, igual que el propio camino, está llena de subidas, bajadas y tropiezos… pero también de paisajes hermosos, personas increíbles y recompensas inesperadas.
Hoy guardo en mi corazón cada kilómetro recorrido, cada sonrisa de mis compañeros y cada gota de esfuerzo que me llevó a descubrir que los límites solo existen si dejamos que vivan en nuestra mente. Gracias a la Orden de Malta, a los voluntarios y a todos los que hicieron posible este viaje. Y gracias al Camino, por recordarme que la vida es una aventura que merece ser vivida, paso a paso… o rueda a rueda.

Eres un fenómeno Kenyi! Gracias a ti por compartir tu experiencia, por VIVIR, por ser tan agradecido y tan inspirador . Que Dios te bendiga hoy y siempre.