por Kenjy Alcas

 

Hay personas que aparecen en tu vida y, sin saberlo, te abren la puerta a experiencias que jamás olvidarás. A mí me ocurrió con mi amigo Felipe. Ya nos conocíamos de antes y fue él quien me habló del Camp Internacional de la Orden de Malta y me animó a vivir esta experiencia. Qué razón tenía, porque fue unos mejores campamentos a los que he ido. Este verano he vivido la inclusión real en un campamento.

Durante una semana, más de mil voluntarios y personas con discapacidad de diferentes países nos reunimos en Castillo de Javier, Navarra, para compartir algo mucho más grande que un campamento. Había algo especialmente bonito: la mayoría de los voluntarios eran jóvenes. Jóvenes que llegaron con ganas de ayudar, acompañar, conocer personas con discapacidad y vivir una experiencia diferente. Desde el primer momento se percibía que aquello era especial, como me lo dijo  Jaime cuando hablamos por primera vez. Él era el coordinador del grupo español, ya había participado en otros voluntariados internacionales de la Orden de Malta, pero el Camp consiguió sorprenderle desde el primer minuto: autobuses esperando, equipos de voluntarios recibiendo a los participantes con una sonrisa, ayuda con las maletas, actividades organizadas desde el primer día…

La primera impresión es que esto es mucho más que un campamento, me dijo Jaime. Para él detrás de cada actividad había un trabajo y una dedicación enormes: “Notas que esto se hace con una ilusión inexplicable” y esa ilusión se vivía también en las actividades: juegos, excursiones, música, bailes, la Silent Night y las noches internacionales.

Una de mis favoritas fue la International Night, donde pudimos conocer diferentes culturas a través de la comida y las tradiciones de cada país. Y después llegó la fiesta: música, baile, risas y todos juntos disfrutando. Durante unas horas, las fronteras parecían desaparecer y lo más importante estaba en las personas.

Uno de los jóvenes voluntarios me contó que nosotros le enseñamos a “ver la vida con otros ojos”, a valorar las pequeñas cosas y a dar gracias por todo lo que tiene. Otra voluntaria descubrió que la discapacidad es solo una pequeña parte de quién es cada persona.

Jaime también me comentó después del campeonato que para él es algo que va más allá de la propia organización. Al convivir con los guests, los participantes con discapacidad, habla de descubrir “el verdadero amor de Dios, el cariño hacia el prójimo y la entrega desinteresada”. Una semana de acompañamiento puede terminar convirtiéndose en una amistad, en un vínculo que permanece y yo creo quizá ahí esté la verdadera magia del campamento.

La inclusión no consiste únicamente en que una persona con discapacidad pueda estar en un lugar. Consiste en participar, decidir, reír, bailar, hacer nuevos amigos y sentirse parte de algo, me llevo las risas y los momentos compartidos como por ejemplo Íñigo, Sol, Candy y Felipe que era voluntarios de campamento  pero también quiero decir que todos necesitamos apoyo en algún momento de nuestra vida. y todos tenemos algo que aportar por ejemplo a esos jóvenes voluntarios llegaron pensando que iban a ayudar a los demás y muchos volvieron a casa descubriendo que también habían recibido algo que no cabe en una maleta. Porque el campamento no termina cuando coges el autobús de vuelta sino termina la semana, pero empieza algo que te acompaña para siempre: una nueva forma de mirar al otro… y también de mirarte a ti mismo.

Para acabar este artículo quiero dar las gracias a todo equipo de voluntarios de todos los países que fueron al campamento, porque las personas con discapacidad, yo incluido, hemos vivido la mejor semana de este verano.

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