por Loli Núñez

 

Soy una persona con discapacidad que se desplaza en silla de ruedas eléctrica. No escribo desde el capricho ni desde la comodidad, escribo desde la necesidad y desde una realidad diaria que muchas personas prefieren no ver.

Los ascensores accesibles tienen prioridad, y es importante decirlo alto y claro. Prioridad para las personas en silla de ruedas, para quienes realmente los necesitamos para poder movernos. Prioridad también para personas mayores, embarazadas, personas con movilidad reducida, y familias con carritos de bebé.

No son un atajo para evitar escaleras ni una opción “más cómoda” cuando hay prisa. Cuando se ignora esta prioridad, se nos obliga a esperar, a depender, o directamente se nos impide el paso.

Un ascensor no es un lujo. Para muchas personas es la única forma de acceder a un edificio, a un transporte, a un servicio básico o a nuestra propia vida cotidiana. Cada vez que se bloquea su uso, se nos está diciendo, sin palabras, que nuestro tiempo y nuestros derechos valen menos.

Lo mismo ocurre con las plazas de aparcamiento para personas con discapacidad. Son de uso exclusivo, no “preferente”. No están ahí para quien “solo va a tardar un minuto”, ni para quien “no ha visto otra plaza”.

Cuando estas plazas se ocupan indebidamente, cuando no se respetan o no se vigilan, se nos expulsa del espacio público y se nos niega la autonomía que tanto nos cuesta conseguir.

La accesibilidad no es una concesión, es un derecho reconocido por la ley y, sobre todo, una cuestión de dignidad humana. No pedimos favores, exigimos respeto. Respetar los ascensores y las plazas PMR es respetar a las personas.

Una sociedad verdaderamente inclusiva no es la que presume de accesibilidad, sino la que la garantiza en la práctica, cada día, en cada gesto y en cada decisión. Porque cuando se vulnera la accesibilidad, no se limita un servicio: se limita una vida.

Muchas veces, cuando llego a un ascensor en mi silla de ruedas eléctrica, me veo obligada a decir en voz alta algo que nunca debería tener que justificar:

“Lo siento, las personas con discapacidad y en silla de ruedas tenemos prioridad.”

Y, aun así, no basta.

A veces tengo que enfrentarme a personas para que se bajen, para poder usar un ascensor que no es una comodidad para mí, sino una necesidad vital.

Incluso he llegado a escuchar comentarios como:

“Mira cómo se cuela, anda que respeta la cola.”

No, no me cuelo.

Ejercito un derecho.

Lo que falta no es información, es empatía y respeto.

Las personas sin discapacidad pueden usar las escaleras u otras alternativas. Yo no. Las personas mayores, embarazadas, con movilidad reducida o con carritos de bebé, muchas veces tampoco. Para nosotras y nosotros, el ascensor no es una opción más: es la única vía.

En centros comerciales la situación es aún más desesperante. Ascensores llenos constantemente de personas sin discapacidad, subiendo y bajando por comodidad, mientras quienes realmente los necesitamos esperamos durante largos minutos, incluso horas. Y cuando por fin llega tu turno y lo reclamas, te miran mal. Te observan. Te juzgan. Como si molestaras.

Y todo esto cansa.

Cansa tener que explicarte, defenderte y justificar tu existencia en espacios que también son tuyos.

Las personas con discapacidad no somos raras, no somos un estorbo, no somos menos.

Somos iguales, con los mismos derechos, la misma dignidad y el mismo derecho a movernos con autonomía.

La accesibilidad no es un favor ni un gesto amable: es un derecho.

Respetar la prioridad en los ascensores y el uso exclusivo de las plazas de aparcamiento para personas con discapacidad no es educación extra, es respeto básico.

Porque cada vez que alguien ocupa lo que no le corresponde, no solo bloquea un espacio, bloquea una vida.

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