por Aitana Areste
“El aprendizaje es un tesoro que acompaña a quien se atreve a vivir nuevas experiencias.”
Inspirado en un proverbio chino.
De nuevo, bienvenidos a este pequeño rincón del blog con los artículos de Aitana. Hoy os traigo una experiencia gastronómica que fue mitad comida, mitad experimento científico y mitad prueba de supervivencia. Sí, ya sé que son tres mitades, pero un hotpot con parálisis cerebral da para muchas matemáticas creativas.
Era mi primera vez en un hotpot. Sabía más o menos que era algo con caldo, porque lo había visto por internet, y antes de ir comprobé la accesibilidad, como siempre hay que hacer.
La idea surgió porque mi mejor amiga y yo siempre habíamos querido probar comidas nuevas y diferentes. Porque claro, una cosa es ver vídeos de hotpot en redes y otra muy distinta es estar allí, con una olla caliente en medio de la mesa, ingredientes por todas partes y unos palillos mirándote como diciendo: “A ver qué haces ahora”.
Cuando llegamos y vi la mesa, la olla, los caldos y todo el despliegue, reconozco que me asusté un poco. La mesa era alta, y eso en parte me vino bien porque quedaba a mi altura, pero encajar en ella fue complicado. Una vez ubicadas, al principio pensé en pedir cosas sencillas, más que nada para no acabar luchando contra la comida. Pero luego vimos la carta, nos animamos y acabamos pidiendo un menú degustación. Porque una cosa es ser prudente y otra muy distinta ir a un hotpot y no lanzarse un poco a la aventura.
Nos explicaron cómo funcionaba y fueron muy amables. Eso lo agradecí mucho, porque nos ayudaron sin infantilizarnos, algo que para mí es importante. Nos explicaron todo, nos dejaron nuestro espacio y estuvieron pendientes sin hacernos sentir incómodas.
Lo primero que me hizo gracia fue darme cuenta de que aquello no era solo comer. Era coordinar palillos, caldo, vapor, tiempos de cocción y dignidad personal, todo al mismo tiempo. Los palillos fueron, sin duda, los protagonistas del drama. Coger algunos ingredientes, meterlos en la olla y luego sacarlos fue complicado. A veces parecía que estábamos pescando. Hubo momentos muy de “Buscando a Nemo”, pero en versión caldo: algo se caía, desaparecía entre el vapor y ahí estábamos las dos intentando rescatarlo como si fuera una misión de alto riesgo.
Probamos varios caldos: uno de tomate, uno picante y uno de setas. El de setas fue mi favorito. El picante estaba bien para algunas cosas, pero tampoco era cuestión de salir de allí echando fuego como un dragón. El de tomate también me gustó.
También hubo algo que no nos convenció tanto: el pan chino, que se quedó un poco como ese invitado que llega a la fiesta cuando ya todo el mundo está recogiendo los vasos. No es que estuviera mal, pero había tanta comida y tantas cosas que probar que al final no pudimos disfrutarlo bien y tuvimos que dejarlo.
El calor y el vapor no me complicaron demasiado, aunque sí me quemé un poco. Nada grave, pero lo suficiente como para acordarme de que aquello estaba caliente. También había que estar pendiente de los tiempos, de qué habíamos metido en la olla y de si ya estaba cocinado. Al final inventamos nuestro propio método: contar hasta diez, sacar, mirar, volver a meter y repetir hasta que aquello pareciera comestible. No sé si era profesional, pero era nuestro método, y funcionó más o menos, ya que la comida estaba riquísima.
Una de las cosas que más me gustó fue poder cocinar en la mesa. Yo no tengo una cocina adaptada en casa, así que cocinar no siempre es fácil para mí. Y no hablo solo de hacer algo sencillo, sino de preparar algo diferente, más especial, parecido a “hoy me estoy dando un homenaje”. El hotpot me quitó un poco esa espinita.
También me habría gustado sentirme más independiente, claro. Me habría gustado manejar mejor los utensilios y no tener que calcular tanto cada movimiento. Pero conocer mi cuerpo y mis límites no significa quedarme sin probar cosas. Significa buscar estrategias, pedir ayuda cuando hace falta y permitirme vivir experiencias nuevas a mi manera.
Mi amiga y yo nos fuimos ayudando mutuamente. Nos reímos muchísimo de la situación, de los ingredientes desaparecidos y de nosotras mismas. A veces la accesibilidad también está en la compañía: en ir con alguien que no te mete prisa y que no se agobia si tardas más.
En general, el restaurante me resultó bastante accesible y el personal fue amable, pero creo que este tipo de experiencias deberían tener más en cuenta a las personas con parálisis cerebral o con dificultades motoras. A veces la accesibilidad no está solo en poder entrar por la puerta, sino en poder participar de verdad sin sentir que estás haciendo una oposición para cenar. Unos utensilios más fáciles de manejar, más espacio para sillas de ruedas o pequeños ajustes razonables pueden cambiar mucho la experiencia.
Si alguien con parálisis cerebral, o con cualquier discapacidad, está pensando en probar un hotpot y no se atreve, yo le diría que lo intente. Que vaya con paciencia y con humor. No hace falta hacerlo perfecto para disfrutarlo; a veces basta con atreverse a probar. Porque la experiencia consiste precisamente en eso: probar, equivocarte, reírte, pedir ayuda si la necesitas y descubrir que también puedes vivir las cosas a tu manera.
Yo fui a comer hotpot y salí con el estómago lleno, alguna anécdota para el blog y la sensación de haberme quitado una pequeña espinita. Y si algún ingrediente sigue perdido en aquel caldo, desde aquí le deseo mucha suerte.
¡Nos vemos en la próxima!
