por Kenjy Alcas

 

Os quiero hablar de apoyos personales es hablar de derechos, de autonomía y de dignidad. No es un tema teórico ni abstracto. Es una cuestión profundamente cotidiana que marca la diferencia entre poder desarrollar una vida propia o limitarse a resistir el día a día.

Desde mi experiencia, los apoyos personales no restan autonomía, la hacen posible. Durante años se ha asociado la necesidad de ayuda con dependencia o pérdida de control, cuando en realidad sucede lo contrario: contar con los apoyos adecuados permite decidir, participar y tomar las riendas de la propia vida.

La autonomía no consiste en hacerlo todo sin ayuda. Consiste en poder elegir. Elegir cómo quieres vivir, qué decisiones tomar, a qué ritmo y con qué apoyos. Cuando he contado con asistencia personal, he podido organizar mi tiempo, participar en actividades, comunicarme con mayor libertad y ejercer algo tan básico como el derecho a decidir sobre mi propia vida. No se trata solo de cubrir necesidades físicas, sino de garantizar igualdad de oportunidades.

Actualmente, no cuento con asistencia personal porque no me lo puedo permitir. Y esa ausencia se nota en todo. No solo en las tareas diarias, sino en la pérdida de libertad, en las decisiones que se posponen o directamente se descartan. Cuando los apoyos no están, la vida se vuelve más estrecha y las opciones se reducen. No por falta de capacidad, sino por falta de recursos.

Sin apoyos suficientes, muchas personas con discapacidad no viven plenamente: sobreviven. Se adaptan a horarios ajenos, a decisiones tomadas por otros, a un sistema que no siempre pone a la persona en el centro. Esto no debería ser aceptable en una sociedad que habla de inclusión y derechos.

La dignidad está directamente relacionada con poder elegir los apoyos. Elegir quién te los da, cómo y cuándo. Ser tratado como una persona adulta, con voz propia, y no como alguien a quien hay que dirigir. Los apoyos bien entendidos no sustituyen la voluntad, la refuerzan. Acompañan sin imponer, apoyan sin anular.

La toma de decisiones es clave. Con demasiada frecuencia se decide por las personas con discapacidad (por su bien), sin contar con ellas. Pero nadie conoce mejor su vida que quien la vive. Los apoyos personales deben servir para garantizar que esa voz se escuche y se respete.

Invertir en apoyos personales no es un gasto, es una inversión social. Permite la participación, el desarrollo personal, la vida independiente y la contribución activa a la comunidad. Cuando hay apoyos, hay oportunidades. Cuando no los hay, aparecen barreras que no deberían existir.

Es necesario cambiar la mirada: dejar de entender los apoyos como asistencia y reconocerlos como herramientas para la autonomía y la igualdad. Porque los apoyos no nos hacen menos capaces. Nos permiten vivir con dignidad. Y esa diferencia, la que hay entre vivir y sobrevivir, es demasiado importante como para ignorarla.

Como sociedad, tenemos que preguntarnos qué modelo de vida estamos garantizando a las personas con discapacidad. Si hablamos de derechos, de igualdad y de inclusión, los apoyos personales no pueden seguir siendo un privilegio al alcance de unos pocos. Deben ser una garantía real, estable y accesible.

Reflexionar sobre los apoyos es reflexionar sobre el tipo de sociedad que queremos construir: una que obliga a sobrevivir o una que permite vivir con dignidad, autonomía y capacidad de decisión. Porque nadie debería ver limitado su proyecto de vida por no poder pagar los apoyos que necesita.

El compromiso colectivo empieza cuando dejamos de mirar la discapacidad como una cuestión individual y la entendemos como una responsabilidad compartida.

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